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Ehr... lo cierto es que me da bastante vergüenza decirlo, pero hace un rato he ido a por Juanra (que estaba reposando tranquilamente en un cajón desde las 5 de la tarde) y... bueno, digamos que su estado de salud era mejorable. Mientras intentaba aplicarle curas y limpiarle las mierdas (tenía un total de cinco en pantalla, de Juanra sólo se veía la mitad del cuerpo porque si no no había hueco para los zurullos) ha emitido un pitidito a forma de queja y, temiendo lo peor, le he llevado a urgencias. Tras unos tensos minutos esperando, el doctor ha salido de la sala y en un acceso de ira ha lanzado los guantes al suelo. Su mirada me lo ha dicho todo.

-Ha... ha dejado de pitar.
-Pe... pero... ¡eso es imposible! ¡¿Ha probado a jugar con él al juego de recoger notas musicales?!
-Hemos hecho lo posible. Lo lamento.
-¡¡NO, MALDITA SEA!! -se lanza contra el cristal a través del cual ve a Juanra cubierto desde la antena hasta la pila con un kleenex- ¡¡JUANRAAAAAAAA!!

El marrón ahora son los servicios sociales, que ya están llamando a mi puerta con una orden de registro para confiscarme cualquier mascota o pila de botón que tenga en casa. Los orejones de mi pobre conejo tiemblan, pero estate tranquilo, Spielberg. Saldremos de esta. Ya lo verás.


PD: ¡me complace anunciar que Tanais ha ganado la porra por aproximación!

Bueno, un poco tarde pero comienzo con el experimento.

Esta mañana he insertado la pila al Tamagotchi y tras unos pocos pitiditos de bienvenida y una breve configuración he obtenido mi huevo. Unos minutos más tarde salía de él Juanra, una bola blanca y saltarina compuesta por poco más de diez píxeles.

Tras darle su primera comida (en realidad han sido siete primeras comidas, dado que el medidor de hambre seguía alto cuando ya iba por el tercer plato) y jugar con él a recoger con una taza notas musicales que caen del cielo (ah, qué tiempos aquellos en que los niños aún salíamos a los parques a jugar a recoger notas musicales voladoras) se ha puesto a dormir, y... bueno, y nada, ahí está. Ha cagado y se lo he limpiado. Y creo que eso es todo. Me ha salido paradito, el chico.

Hay muchas más funciones que aún no he descubierto; en otro momento hurgaré un poquito a ver qué encuentro. Por lo que he podido deducir, se trata de la versión 3 de la saga Tamagotchi (como el de la foto). Y a mí que la primera ya me parecía complicada.

Resulta que el otro día estaba yo por el campus cuando ví a lo lejos, tirado en el suelo, un pedacito de plástico blanco y rojo. Me acerqué y cuál fue mi sorpresa al descubrir que se trataba un Tamagotchi.

Supongo que todos (especialmente los que tengáis hijos de mi quinta) los recordaréis aunque os pillaran algo mayores. Los Tamagotchis eran unas mascotitas virtuales a las que debías alimentar cuando tenían hambre, limpiar cuando se cagaban y curar cuando se ponían enfermas. Además podías jugar con ellas, debías vigilar su alimentación y asegurarte de que hacían ejercicio regularmente para crecer sanas y fuertes. Conforme pasaba el tiempo, y dependiendo de cómo hubieras cuidado a tu Tamagotchi, éste crecía y evolucionaba a una forma u otra. El objetivo era, básicamente, que te durara el mayor tiempo posible.

Para ello se valía de una poderosa arma: el PIC, o Pitido Infernal de los Cojones. Cuando algunas de las necesidades del bicho había de ser cubierta rápidamente, se ponía a pitar como un loco sin importarle que fueran las cinco de la tarde o las tres de la mañana. Ello provocó que más de una madre pusiera a su hijo con el culo en pompa y, tras simular que sacaba un supositorio, le calmara con un "tranquilo, que no te va a doler".

El caso es que este juguete, que nació en el 96 en Japón, movió masas durante años. En tan sólo unos meses, 14 millones de personas en todo el mundo tenían su mascotita; en España se agotaron en todos los establecimientos y las listas de espera eran kilométricas. Algunos japoneses llegaron a pagar 100.000 de las antiguas pesetas por uno de estos bichitos, cuyo precio real era de 15€. Se abrieron guarderías de Tamagotchis para que los trabajadores pudieran dejarlos al cuidado de gente especializada mientras ellos se iban al curro.

¿Qué tenía este aparatejo que enganchaba a todo aquel que se atrevía a dedicarle 30 segundos de su tiempo? Yo tuve uno y estuve pendiente de él como el que más, si bien ya no recuerdo exactamente de qué iba la cosa.

Aunque en un principio la idea era cambiarle la pila y regalárselo a mi primo pequeño, he decidido hacer un experimento: el diario de un Tamagotchi. Quiero comprobar si realmente este juego requería tantísimo tiempo como decían; algunas empresas prohibieron a los empleados llevarse el Tamagotchi al trabajo dado que dedicaban más horas a cuidar a sus mascotas virtuales que a hacer sus tareas.

Así pues, el lunes lo pondré en funcionamiento. Me he impuesto una serie de reglas que habré de respetar para que esto tenga sentido:

1.- El Tamagotchi nunca saldrá a la calle conmigo. Estará en casa y, si tengo que salir, se quedará aquí y lo cuidaré cuando vuelva. Por supuesto, la universidad ni verla; tengo una reputación que mantener.

2.- Por las noches le quitaré el sonido para no despertarme cuando haga uso de su PIC; si quiere algo, ya le atenderé por la mañana.

3.- Nada de usarlo durante las comidas, me parece de un atrapismo enfermizo.

4.- En ningún momento se convertirá en el sustituto de mi querido conejo de carne y hueso; es imposible competir contra esos orejones tan adorables.


Contaré los días que tarda en morir, comentaré cómo evoluciona y qué tal se porta, y comprobaremos si la mascota realmente requiere que se le preste atención las 24 horas diarias o, por el contrario, era una mera excusa de gente a la que le era tan difícil salir de casa sin este huevo de plástico como a mí sin gallumbos.