Corría el S. XVII cuando a un monje jesuíta de buen corazón y gran bondad se le ocurrió dedicarse a clavar agujas en el ojete de unos pobres e indefensos gatos. Así es: el sujeto en cuestión, con el fin de animar a un príncipe que andaba de capa caída, cazó unos cuantos gatos de diferentes tonos de voz y los metió, ordenándolos del más grave al más agudo, en cajas adosadas a un piano bajo las cuales había una aguja que se elevaba al pulsar la tecla del correspondiente, hincándose en el trasero del minino. Así comenzaban los gatos a cantar, cobrando la melodía un aire machacón conforme las pelotas de los gatos iban hinchándose. Mientras tanto, el príncipe hacía palmas y se partía el culo, aunque no más que los pobres felinos.

Ah, estos monjes, qué juguetones...

*Dedicado a Loïc, el Amante de los Gatos*

2 comentarios

  1. Monseñor // 11 de mayo de 2009, 8:52  

    Eres un malvado! Que El Dios de los Zorros se coma a Spilber!

  2. Arri // 14 de mayo de 2009, 11:00  

    Ahora mismo salgo a la calle para hacerme con unos cuantos gatos. No sé por qué me ha entrado ganas de aprender piano...